Un viejo cuento habla de que, en el principio de los tiempos, se reunieron varios demonios para hacer una travesura... Un leviatán dijo: "Debemos quitarles algo a los humanos... Pero... ¿Qué les quitamos?"
Después de mucho pensar un satán dijo: "¡Ya sé!... Vamos a quitarles la felicidad... Pero el problema va a ser dónde esconderla para que no la puedan encontrar".
El primero propuso: "Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo"...
Inmediatamente contestó otro: "No... Recuerden que tienen fuerza... Alguna vez alguien puede subir y encontrarla... Y si la encuentra uno ya todos sabrán donde está".
Luego un segundo propuso: "Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar"
Y otro contestó: "No... Recuerda que tienen curiosidad... Alguna vez alguien construirá algún aparato para poder bajar y entonces la encontrarán".
Un tercero sugirió: "Escondámosla en un planeta lejano a la tierra".
Y un demontre opinó: "No... Recuerden que tienen inteligencia... Y un día alguien va a construir una nave en la que pueda viajar a otros planetas y la va a descubrir... Y entonces todos tendrán felicidad. Y eso no lo podemos permitir”.
El último de ellos era un súcubo que había permanecido en silencio, escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás...
Analizó cada una de las propuestas y entonces dijo: "Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren".
Todos lo miraron asombrados y preguntaron al mismo tiempo: "¿Dónde?"
El infausto respondió: "La esconderemos dentro de ellos mismos... Estarán tan ocupados buscándola afuera... Que nunca la encontrarán".
Todos los diablillos estuvieron de acuerdo y desde entonces ha sido así.
Este cuento anónimo nos ilustra una de las paradojas más desconcertantes del ser humano: quienes buscan desesperadamente la felicidad no suelen ser los que la hallan; más bien, son quienes se despreocupan de esa ególatra carrera y se preocupan (y ocupan) por la felicidad de los otros quienes, finalmente, sin buscarla directamente, la hallan. La hallan en su interior, como sugiere el cuento, pero no precisamente por permanecer ensimismados en su egoísmo, en su propia vida y en sus intereses particulares, sino quien desde un equilibrio interior, sale afuera a compartir con los otros.
Eso mismo nos enseñó Jesús, auque con un juego de palabras que más nos suenan a una metáfora: “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará (Marcos 8:35). Y más claro aún: “Hay más felicidad en dar que en recibir” (Hechos 20:35)
El mundo moderno, con su culto al éxito y la realización personal, al consumismo más exacerbado y a la posesión de más y más cosas, a la búsqueda del placer y la diversión por encima de y a costa de todo, al individualismo más egocéntrico disfrazado de competitividad, y al culto a la corporeidad bajo el disfraz de “vida sana”, está impulsando a mucha gente por el camino equivocado en la búsqueda de la felicidad. El incremento de ciertas dolencias síquicas (depresión, ansiedad, estrés, anorexia, etc.) es uno de los signos de los tiempos modernos, y un indicador de que los diablillos tuvieron razón: mucha gente no encuentra la felicidad porque la sigue buscando en el lugar equivocado.
Después de mucho pensar un satán dijo: "¡Ya sé!... Vamos a quitarles la felicidad... Pero el problema va a ser dónde esconderla para que no la puedan encontrar".
El primero propuso: "Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo"...
Inmediatamente contestó otro: "No... Recuerden que tienen fuerza... Alguna vez alguien puede subir y encontrarla... Y si la encuentra uno ya todos sabrán donde está".
Luego un segundo propuso: "Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar"
Y otro contestó: "No... Recuerda que tienen curiosidad... Alguna vez alguien construirá algún aparato para poder bajar y entonces la encontrarán".
Un tercero sugirió: "Escondámosla en un planeta lejano a la tierra".
Y un demontre opinó: "No... Recuerden que tienen inteligencia... Y un día alguien va a construir una nave en la que pueda viajar a otros planetas y la va a descubrir... Y entonces todos tendrán felicidad. Y eso no lo podemos permitir”.
El último de ellos era un súcubo que había permanecido en silencio, escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás...
Analizó cada una de las propuestas y entonces dijo: "Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren".
Todos lo miraron asombrados y preguntaron al mismo tiempo: "¿Dónde?"
El infausto respondió: "La esconderemos dentro de ellos mismos... Estarán tan ocupados buscándola afuera... Que nunca la encontrarán".
Todos los diablillos estuvieron de acuerdo y desde entonces ha sido así.
Este cuento anónimo nos ilustra una de las paradojas más desconcertantes del ser humano: quienes buscan desesperadamente la felicidad no suelen ser los que la hallan; más bien, son quienes se despreocupan de esa ególatra carrera y se preocupan (y ocupan) por la felicidad de los otros quienes, finalmente, sin buscarla directamente, la hallan. La hallan en su interior, como sugiere el cuento, pero no precisamente por permanecer ensimismados en su egoísmo, en su propia vida y en sus intereses particulares, sino quien desde un equilibrio interior, sale afuera a compartir con los otros.
Eso mismo nos enseñó Jesús, auque con un juego de palabras que más nos suenan a una metáfora: “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará (Marcos 8:35). Y más claro aún: “Hay más felicidad en dar que en recibir” (Hechos 20:35)
El mundo moderno, con su culto al éxito y la realización personal, al consumismo más exacerbado y a la posesión de más y más cosas, a la búsqueda del placer y la diversión por encima de y a costa de todo, al individualismo más egocéntrico disfrazado de competitividad, y al culto a la corporeidad bajo el disfraz de “vida sana”, está impulsando a mucha gente por el camino equivocado en la búsqueda de la felicidad. El incremento de ciertas dolencias síquicas (depresión, ansiedad, estrés, anorexia, etc.) es uno de los signos de los tiempos modernos, y un indicador de que los diablillos tuvieron razón: mucha gente no encuentra la felicidad porque la sigue buscando en el lugar equivocado.
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